
En
los momentos más íntimos, cuando
introspectivamente el ser humano se sincera al
punto revelador de su agradecimiento más
profundo, siempre hay coincidencia absoluta cualquiera
fuere el individuo, su ubicación en el
mundo, la religión que profese o su condición
social. En todos los casos y en la época
que sea, el hombre y la mujer reconocen como su
bien más preciado al don de la Vida.
Es
tan única y maravillosa la oportunidad
de vivir, que cualquier otro atributo positivo
que poseamos empalidece frente a esa realidad
concreta, pues sólo la vida nos posibilita
ser lo que somos, y más aún, lo
que podremos ser.
Reconocida
pues de este modo la entidad del ser, todo un
abanico de posibilidades se abre a continuación.
Ser y estar en el mundo se vuelven un solo verbo,
el que principia todas las cosas y posibilidades,
el que nos capacita para crear y consumir; todo
puede darse en nuestro entorno cuando existimos,
y el mismo entorno y sus circunstancias pueden
ser variadas por nosotros si así lo decidimos
con nuestro propio criterio y albedrío.
Esto
es así de simple con nosotros mismos y
aún con la otra gente o sociedad que integremos.
No es lo mismo nuestro hogar, nuestro barrio o
empresa con nosotros que sin nosotros, pues ocupamos
un lugar único que nos pertenece y sobre
el cual actuamos e influimos en mayor o menor
medida, con mayor o menor peso, pero de forma
inocultable.
Una vez que hemos aparecido en la vida de la gente
de nuestra relación, tal presencia se nota
y puede modificar un statu quo, un comportamiento
social.
Pensemos
en el seno de una familia respecto de la importancia
que significa cada miembro. De igual forma y por
ser la sociedad un entramado de células
familiares, quién sea capaz con sus ideas
y realizaciones de transformar esquemas o de conmover
hasta sus bases lo instaurado previamente a su
incorporación, será un líder
creativo con influencia decisiva para la sociedad,
ya que ésta asimila los cambios que son
permanentes, por ser precisamente el reflejo de
un organismo vivo en ebullición.
Lo
expresado ni siquiera es exagerado ni ampuloso;
puede ser cierto con cada hombre o mujer que existe,
por el sólo hecho de vivir. Si analizamos
entonces esta fantástica oportunidad que
la vida nos posibilita, ¿cómo el
ser humano no va a amar la Vida?
¿Y
cómo puede expresarse ese amor por la vida?
Pues
es posible hacerlo no sólo agradeciendo
fervientemente a nuestros padres y a Dios (si
somos creyentes) el habernos concebido con amor
y con esperanza en nosotros, sino en forma consciente
utilizando y perpetuando el amor de que fuimos
objeto, para transformarnos en sujetos positivos
en la continuidad de tal esperanza, mediante realizaciones
concretas, generosas y altruistas, propias de
la gente de bien.
¿Qué
debemos hacer para ello; cómo debemos prepararnos
para actuar?
Pues
observando atentamente al crecer, las actitudes
naturales de nuestros mayores, las que constituyen
el método y modus operandi de cada familia,
así como las relaciones interpersonales
para saberlas imitar cuando son positivas, o desdeñarlas
si a nuestro juicio o conciencia imparcial restan
o conspiran con el buen entendimiento familiar.
No debemos creer que por ser jóvenes sin
experiencia aún no contamos con valores
o entendimiento positivos. En cada alma reciente
los valores están esbozados con claridad,
y sabremos entonces que los sentimientos contrarios
son los que constituyen los disvalores.
Cuando
superemos el recoleto entorno familiar, estaremos
prestos para vivir la vida de relación
que supone concurrir a un colegio, alternar con
otros niños o jóvenes de otras familias
que pueden tener rasgos y aprovechamientos diferentes
a los nuestros por su formación distinta
en sus entornos familiares.
Tendrán importancia en ese momento nuestros
nuevos compañeros o amigos, de quienes
y a quienes podremos recibir o transferir nuestras
experiencias y vivencias, así como nuestros
propios conceptos y apreciaciones de juzgamiento
según nuestros valores.
Ya
de adolescentes incursionaremos por las etapas
del desarrollo físico, maduración
intelectual y despertar sentimental, con todo
lo que ello supone y acarrea. Afirmaremos algunos
conceptos al igual que afirmamos la voz, y apetitos
nuevos de amor y deseo florecerán en nuestros
cuerpos y almas, abriéndonos al mundo en
la consideración de encarar la juventud
con bríos desconocidos, con intrepideces
aún no estrenadas, con valentías
y decisiones ya de adultos.
Entran
en esa etapa los planes a largo plazo. La juventud
y la salud con que contamos nos permitirán
el optimismo, y serán comunes los compromisos
sociales y económicos que asumiremos porque
confiamos en nuestras fuerzas, en nuestros proyectos
y en nuestras propias decisiones. La Vida, en
esos años, no puede ser menos que optimista.
Un tiempo más adelante, conoceremos la
madurez que puede ser promisoria si nuestra formación
fue correcta y si el empeño y las decisiones
fueron las adecuadas y proporcionadas. También
desde luego si nuestro trabajo, ventura personal,
salud y suerte nos acompañaron.
En
cambio si la realidad nos mostró algún
desajuste con nuestros propósitos de lucha
y de esperanza, habrá que renovar los presupuestos
de trabajo y contracción, de economía
y ambiciones. Ser realista a tiempo podría
resguardar nuestra vejez.
Es
lo que decía en el Prefacio: hoy, nosotros,
en este tiempo y el que vendrá luego con
las posibilidades que estén a nuestro alcance
porque ahora podamos actuar y decidir, definirá
la responsabilidad que disponemos de cuidar la
vida o desafiarla; beneficiarla y asegurarla o
perjudicarla irresponsablemente; modificarla para
bien, acertadamente; gozarla según nuestras
posibilidades o sufrirla; de nuevo ganarla con
nuevas realizaciones o desperdiciarla por inconstancias
o falta de fe.
Todo
ello va implícito en nuestra lucha por
vivir. Lo que siempre será seguro es nuestro
interés por ser y estar.
El
amor por la vida entonces es un hecho en todas
las criaturas. Igual derecho debería inspirarnos
la responsabilidad del respetarla
Como
cada quien es consumista, necesitamos del aire,
del agua y de los alimentos.
Y salvo los dos primeros elementos que son naturales,
los demás provienen de los reinos vegetal
o animal, que están dotados –como
los seres humanos- de una vida.
Como
el hombre es el último y mejor desarrollado
ejemplar de la escala zoológica, se sirve
de lo que brinda la naturaleza en plantas y animales
con rango de cadena alimentaria. No sólo
de la flora autóctona que crece sola, sino
de los vegetales que aprendió a cultivar
y producir para su uso y consumo.
Respecto
de los animales entonces, en alguna medida los
hombres aprovechamos lo que ellos como tales consumieron
del reino vegetal. Por tanto al comerlos hacemos
posible la realidad del consumo indirecto de los
mismos, como nutrimento vegetal transformado en
carne, así se trate de animales terrestres
o del medio acuático.
Maravillosa
y compleja pues es la alimentación diaria
de los seres vivos, y en el proceso de catabolismo,
todos esos entes: plantas, animales y seres humanos
a través de sus deshechos o eyecciones,
o más tarde al morir por la descomposición
de la materia orgánica de sus cuerpos,
abonan naturalmente la tierra del suelo, que vuelve
a germinar con agua y temperatura adecuadas.
Se
trata del ciclo de vida que se cierra ininterrumpidamente,
y de ello depende la fecundidad.
Como
nada o casi nada es superfluo o sobrante en la
creación del mundo y de los individuos,
todo importa a la naturaleza o a sus consecuencias.
Por ello además de amar la Vida, debemos
–como dije- respetarla.
Hagamos
gala de este principio fundamental como individuos,
y como sociedad: no matemos ni actuemos como depredadores
conscientes de la riqueza y bienes de la naturaleza
porque estaremos comprometiendo nuestra propia
futura existencia o la de nuestros descendientes.
La belleza y el equilibrio del mundo conocido
deben ser amparados y asegurados por cada individuo,
y si no son respetados colectivamente como sociedad,
deberán los poderes públicos que
administran los recursos naturales, actuar positiva
y preventivamente en tal sentido.
De
hecho dicho resguardo debe ser obligatorio y a
la vez juzgados quienes no cumplan con esa obligación,
así se trate de personas o de estados..
Pese
a los compromisos que las naciones a veces firman
para resguardar el medio ambiente y los recursos
naturales evitando la extinción de las
especies vegetales o animales, todos sabemos que
por seguir dando bienestar y comodidades a su
población mejorando aún más
su alto standard de vida, son las naciones más
poderosas y ricas del planeta las que desoyen
las recomendaciones y no cumplen con los compromisos
que adquieren.
Afortunadamente
existen los hombres y mujeres conocedores de tal
problema, que mediante organizaciones no gubernamentales
(ONG) creadas de ex profeso, en todo el mundo
denuncian y luchan por imponer tales principios
de neto corte humano, con recursos privados formados
por donaciones espontáneas.
Asociarse a ellos es la mejor manera de contribuir
a nuestro futuro.
Como
puede verse y como expresa el título de
este capítulo, amar y respetar
la Vida es toda una urgente y razonable
postura para la gente de bien.
Ya
lo decía Cicerón en la antigüedad;
como individuo...
“Nadie
es tan viejo como para no esperar vivir
un año más” |

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