Home
Contáctenos   @        
 
 
Planes de Gestión Tecno Calidad Investigación y Calidad Artículos Generales Desarrollo Económico
Noticia Pyme
Primera Planta Certificada ISO 9000 (2000). Como proyecto de un estudio comenzado en el año 2000 y ante la propuesta de modificaciones...Leer más.


Normas ISO 9000

ISO 9000

ISO 9000, versión 2000, Experiencia Operativa, fue presentado en la Feria del Libro en la ciudad de Buenos Aires. Su contenido versa sobre la reciente edición de las Normas Internacionales de Calidad ISO 9000. La autoría corresponde al Lic. Hugo Enrique Lafaye, quien acredita varias obras anteriores...Leer más


Esperanza e Ilusión; Inteligencia y "Viveza"

“Luego de una década perdida, ( la de los años ochenta del siglo pasado), en la Argentina hemos vivido la década que no vacilo en llamar desperdiciada, la de los años noventa”.

Esta aseveración pertenece a nuestro Ministro de Economía el Dr. Roberto Lavagna, quien explica sus afirmaciones en el sentido siguiente: en los ochenta no había capitales disponibles en el mundo que ayudaran al crecimiento de las naciones emergentes, y los que sí existían para ubicarse lo hacían en países donde el orden y la seguridad ya habían sido consolidados. Por eso Argentina no pudo crecer, mientras que en los años noventa en cambio sí había disponibilidad real y hasta masiva de capitales interesados en radicarse en el extranjero para crecer, y nuevamente la Argentina no pudo aprovecharlos porque salvo en algunos renglones muy particulares donde mediante privatizaciones absolutamente objetables para los intereses y la dignidad nacionales, se recibió el beneficio de una tecnología en ese momento inexistente, se hicieron concesiones y se utilizó el dinero en forma desinteligente y discriminatoria.

¿Porqué digo esto?
Pues porque en vez de fomentar con dinero la actualización tecnológica de nuestras empresas de base, aquellas que sustentan nuestra economía desarrollando el país, se empleó el dinero en permitir el flujo de importaciones prescindibles para nuestro pueblo, y se incrementó el viaje hacia el extranjero de gente común que malgastó con excesos compulsivos de compra, elementos o mercaderías que se producían en Argentina, lo que llevó a la quiebra a fábricas y empresas.
También porque se cerraron vías de comunicación en el país –como los ferrocarriles que unían y llevaban a la gente y a la producción hacia los puertos en los que se embarca generando divisas de exportación-., en el mismo momento en que en otros países se los dotaba de elementos de tecnología para desarrollarlos aún más.

A la vera de esas vías férreas del desarrollo urbano y humano, quedaron los pueblos fantasmas sin futuro, con su secuela de pobreza, desempleo y ausencias.

Que la Argentina haya pasado en setenta años de lo que era y significaba para el mundo a comienzos del Siglo XX a lo que hoy es, está “pintando” de cuerpo entero cómo puede afectar a una real esperanza de paz y futuro económico envidiables, la óptica equivocada de una ilusión de país adolescente, que allá en los confines del mundo vivió encerrado en sus ideas equivocadas respecto de la real inteligencia natural de sus habitantes, confundiéndola con una viveza que sólo busca el camino más fácil, la ventaja más redituable, signo clásico de una enfermedad grave, la de la corrupción.

Si bien la corrupción es, con fluctuaciones de grado mayores o menores, un flagelo mundial y no tiene carta de ciudadanía exclusiva, la posición en el ranking que ostenta Argentina es lapidaria. Según lo indican las estadísticas que miden la corrupción nuestro país está entre los cinco (y por periodos llega a figurar entre los tres) países más corruptos del mundo.

Lo es la sociedad en su conjunto y no sólo sus políticos. Equivocadamente se atribuye a la clase política la “palma” de la corrupción, y las consecuencias que ello acarrea a los habitantes comunes, enredados muchas veces en la “máquina de impedir” realizaciones personales concretas, que mejoran nuestra imagen y desarrollo.
Pero los políticos de un país no surgen de generación espontánea. Pertenecen y se proyectan desde una sociedad determinada, y por eso mismo llevan consigo las virtudes y defectos que caracteriza a dicha sociedad generativa.

Generalmente un argentino que “no puede llegar” a concretar sus propósitos y sus sueños, piensa como justificativo de su trabajo impotente, que es debido a la mala suerte, a las ventajas que recibieron otros acomodados, a que todo está armado para que sólo algunos surjan, a que existió una confabulación en su contra.
En otras palabras, siempre la culpa de un fracaso nuestro la tiene otro, no uno mismo.

Realmente ello es índice de inmadurez, es conformismo que nos pesa en el ánimo, es frustración que nos envenena el alma de a poco, pero en profundidad.

¿Porqué ese virus maligno de la corrupción se hincó tan hondo en la naturaleza de los argentinos?

No resulta lógico ello, cuando con tan vasto y feraz territorio para tan poca población, todas las oportunidades estaban dadas, máxime cuando tempranamente y por virtudes de una Constitución Nacional ubérrima, inteligente, generosa y de las más avanzadas de América continental, gracias a la realidad que se vivía allá en ocasión del primer centenario de la Revolución de Mayo en 1910, Argentina era observada con respeto y atención por todo el mundo civilizado del orbe, y despertaba el interés primero y el aluvión de inmigrantes después, que querían hacer de estas tierras la patria de adopción donde afincarse para conocer la paz, el desarrollo económico y el progreso de sus familias.

Según el historiador Rosendo Fraga, “La reflexión que generó el primer centenario influyó en el mundo político de entonces para aceptar los cambios que se venían postergando”.

Con ese panorama por delante, debemos pensar y admitir que la visión y patriotismo de los que fueron conductores por aquellos años, no es ni fue la visión y patriotismo creador de los políticos y dignatarios de los que vinieron después.

Por de pronto, no fueron tan creativos ni vigilantes del cumplimiento de la Constitución de que hablaba, ni fueron tan participativos de la “cosa” pública.
Tal parece que al aumentar la población decididamente con las corrientes migratorias, se fue diluyendo el protagonismo augural de los naturales criollos, que antes a todo tenían que atender y desarrollar.

Es por tanto una cuestión de hombres, de conductas, más que de genes. Los inmigrantes primero estaban como cerrados a la fusión de razas y nacionalidades, pero luego se fundieron étnicamente y aportaron tanto sus virtudes como sus defectos, volcándose esa influencia tanto en caracteres, temperamentos y comportamientos.
Y el natural criollo entonces empezó a desdibujarse en una sociedad plural que crecía, y comenzó a desentenderse –como decía- de la cosa pública así como de su responsabilidad.

Este “crisol de razas” fue característico en toda América, pero se dio distinto por ejemplo en Estados Unidos que en Argentina. Los anglosajones naturales de aquel país del norte vieron llegar al principio también a anglosajones en su mayoría con su inmigración, y cuando ella se diversificó luego, todos cuidaron su responsabilidad de los controles y del dominio de la cosa pública.

En Argentina en cambio se distendieron los controles con un permisismo que resultó adverso a nuestros intereses, y con los años el desapego de muchos y la actuación venal de representantes que en realidad no representan genuinamente la voluntad del pueblo, fueron corrompiendo las instituciones de la democracia y de los tres poderes instituidos en la Constitución Nacional: el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

Así conocimos los habitantes de la Argentina los derrocamientos de los poderes, los gobiernos de facto, y lamentablemente en varias oportunidades el odio de la lucha fraticida.

¿Cuáles fueron las consecuencias de tales despropósitos?

Pues atraso evidente de una paz social que había sido lograda por una generación patriota y visionaria, la que llevaba adelante un proyecto de país con futuro despejado y cierto, una disgregación en los intereses y valores de muchos ciudadanos, falta de fe y credibilidad entre nuestros connacionales y quienes en el mundo estaban o están relacionados con nosotros, y el descrédito hacia nuestra palabra y comportamiento futuro por parte de aquellos organismos de crédito internacional a los que prácticamente todos los países del mundo deben recurrir por capitales, lo que nos cerró como decía el Ministro Roberto Lavagna esas fuentes, durante la década “desperdiciada” de 1990.

Ahora bien, luego de considerar lo consignado y pese a la abrumadora deuda interna y externa que tenemos, ¿Argentina últimamente ha mejorado su posición, y en caso afirmativo en qué términos o conceptos?

Por lo pronto, finalmente hemos reconocido errores que resultaban agraviantes a los ojos de los entes prestamistas y a la opinión pública internacional.
El cerrado aplauso que coronó la declaración del default hacia la deuda externa argentina por parte del Presidente por una semana Adolfo Rodríguez Saa, hoy tiene un desenlace mucho más ajustado a una práctica venerada por los países serios: ser respetuosos de los compromisos adquiridos y honrar las deudas.

Que es cierto que se esperó bastante tiempo para decidirlo y no ha sido en los términos de inclusión y plazo –ni tampoco ofreciendo hacerlo en la moneda en que se prestó- por parte de los argentinos a quienes los sorprendió la medida intempestiva del llamado “corralito” o “corralón” financiero, como también por parte del ente internacional financiero y de aquellos adquirentes extranjeros de bonos argentinos incorrectamente aconsejados o no por entidades bancarias que los operaban, no es óbice como para no reconocer que la operatoria en que se terminó cerrando un acuerdo es novedosa en cuanto al criterio de preservar antes al desarrollo argentino, y en que aunque a presión hasta ahora intransigente, se obtuvo finalmente una quita sobre la deuda muy por encima de las que hayan logrado otros países en dificultades.

¿Qué fue lo que permitió este guarismo tan exitoso?

El que indudablemente el país está recuperándose de su estancamiento industrial, se han reinstalado fuentes de trabajo, se ha incrementado la ocupación en blanco o en negro de muchos habitantes, el consumo interno creció, hay mayor disponibilidad de dinero en la gente lo que permite el retorno del crédito y las compras, aumentó la exportación especialmente de cultivos y productos del campo tornándolo el eje del despegue operado, y se incrementó el turismo extranjero como fuente de divisas, lo que indudablemente tonifica la economía y la determinación al menos nacional, de las inversiones de capital.

Ello no obstante, nos falta aún el gran capital extranjero que llegue en cantidad apreciable, pero para ello habrá que cumplir otros objetivos que decidan a los inversores además de planes sociales y educativos necesarios para salir de la pobreza e indigencia.

 


arriba


 





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




Todos los Derechos Reservados © Copyright 2004 C.A.E. - Web Design Walter Llanes