Esperanza
e Ilusión; Inteligencia y "Viveza"
“Luego
de una década perdida, ( la de los años
ochenta del siglo pasado), en la Argentina hemos
vivido la década que no vacilo en llamar
desperdiciada, la de los años noventa”.
Esta
aseveración pertenece a nuestro Ministro
de Economía el Dr. Roberto Lavagna, quien
explica sus afirmaciones en el sentido siguiente:
en los ochenta no había capitales disponibles
en el mundo que ayudaran al crecimiento de las
naciones emergentes, y los que sí existían
para ubicarse lo hacían en países
donde el orden y la seguridad ya habían
sido consolidados. Por eso Argentina no pudo
crecer, mientras que en los años noventa
en cambio sí había disponibilidad
real y hasta masiva de capitales interesados
en radicarse en el extranjero para crecer, y
nuevamente la Argentina no pudo aprovecharlos
porque salvo en algunos renglones muy particulares
donde mediante privatizaciones absolutamente
objetables para los intereses y la dignidad
nacionales, se recibió el beneficio de
una tecnología en ese momento inexistente,
se hicieron concesiones y se utilizó
el dinero en forma desinteligente y discriminatoria.
¿Porqué
digo esto?
Pues porque en vez de fomentar con dinero la
actualización tecnológica de nuestras
empresas de base, aquellas que sustentan nuestra
economía desarrollando el país,
se empleó el dinero en permitir el flujo
de importaciones prescindibles para nuestro
pueblo, y se incrementó el viaje hacia
el extranjero de gente común que malgastó
con excesos compulsivos de compra, elementos
o mercaderías que se producían
en Argentina, lo que llevó a la quiebra
a fábricas y empresas.
También porque se cerraron vías
de comunicación en el país –como
los ferrocarriles que unían y llevaban
a la gente y a la producción hacia los
puertos en los que se embarca generando divisas
de exportación-., en el mismo momento
en que en otros países se los dotaba
de elementos de tecnología para desarrollarlos
aún más.
A
la vera de esas vías férreas del
desarrollo urbano y humano, quedaron los pueblos
fantasmas sin futuro, con su secuela de pobreza,
desempleo y ausencias.
Que
la Argentina haya pasado en setenta años
de lo que era y significaba para el mundo a
comienzos del Siglo XX a lo que hoy es, está
“pintando” de cuerpo entero cómo
puede afectar a una real esperanza
de paz y futuro económico envidiables,
la óptica equivocada de una ilusión
de país adolescente, que allá
en los confines del mundo vivió encerrado
en sus ideas equivocadas respecto de la real
inteligencia natural de sus
habitantes, confundiéndola con una
viveza que sólo busca el camino
más fácil, la ventaja más
redituable, signo clásico de una enfermedad
grave, la de la corrupción.
Si
bien la corrupción es, con fluctuaciones
de grado mayores o menores, un flagelo mundial
y no tiene carta de ciudadanía exclusiva,
la posición en el ranking que ostenta
Argentina es lapidaria. Según lo indican
las estadísticas que miden la corrupción
nuestro país está entre los cinco
(y por periodos llega a figurar entre los tres)
países más corruptos del mundo.
Lo
es la sociedad en su conjunto y no sólo
sus políticos. Equivocadamente se atribuye
a la clase política la “palma”
de la corrupción, y las consecuencias
que ello acarrea a los habitantes comunes, enredados
muchas veces en la “máquina de
impedir” realizaciones personales concretas,
que mejoran nuestra imagen y desarrollo.
Pero los políticos de un país
no surgen de generación espontánea.
Pertenecen y se proyectan desde una sociedad
determinada, y por eso mismo llevan consigo
las virtudes y defectos que caracteriza a dicha
sociedad generativa.
Generalmente
un argentino que “no puede llegar”
a concretar sus propósitos y sus sueños,
piensa como justificativo de su trabajo impotente,
que es debido a la mala suerte, a las ventajas
que recibieron otros acomodados, a que todo
está armado para que sólo algunos
surjan, a que existió una confabulación
en su contra.
En otras palabras, siempre la culpa de un fracaso
nuestro la tiene otro, no uno mismo.
Realmente
ello es índice de inmadurez, es conformismo
que nos pesa en el ánimo, es frustración
que nos envenena el alma de a poco, pero en
profundidad.
¿Porqué
ese virus maligno de la corrupción se
hincó tan hondo en la naturaleza de los
argentinos?
No
resulta lógico ello, cuando con tan vasto
y feraz territorio para tan poca población,
todas las oportunidades estaban dadas, máxime
cuando tempranamente y por virtudes de una Constitución
Nacional ubérrima, inteligente, generosa
y de las más avanzadas de América
continental, gracias a la realidad que se vivía
allá en ocasión del primer centenario
de la Revolución de Mayo en 1910, Argentina
era observada con respeto y atención
por todo el mundo civilizado del orbe, y despertaba
el interés primero y el aluvión
de inmigrantes después, que querían
hacer de estas tierras la patria de adopción
donde afincarse para conocer la paz, el desarrollo
económico y el progreso de sus familias.
Según
el historiador Rosendo Fraga, “La reflexión
que generó el primer centenario influyó
en el mundo político de entonces para
aceptar los cambios que se venían postergando”.
Con
ese panorama por delante, debemos pensar y admitir
que la visión y patriotismo de los que
fueron conductores por aquellos años,
no es ni fue la visión y patriotismo
creador de los políticos y dignatarios
de los que vinieron después.
Por
de pronto, no fueron tan creativos ni vigilantes
del cumplimiento de la Constitución de
que hablaba, ni fueron tan participativos de
la “cosa” pública.
Tal parece que al aumentar la población
decididamente con las corrientes migratorias,
se fue diluyendo el protagonismo augural de
los naturales criollos, que antes a todo tenían
que atender y desarrollar.
Es
por tanto una cuestión de hombres, de
conductas, más que de genes. Los inmigrantes
primero estaban como cerrados a la fusión
de razas y nacionalidades, pero luego se fundieron
étnicamente y aportaron tanto sus virtudes
como sus defectos, volcándose esa influencia
tanto en caracteres, temperamentos y comportamientos.
Y el natural criollo entonces empezó
a desdibujarse en una sociedad plural que crecía,
y comenzó a desentenderse –como
decía- de la cosa pública así
como de su responsabilidad.
Este
“crisol de razas” fue característico
en toda América, pero se dio distinto
por ejemplo en Estados Unidos que en Argentina.
Los anglosajones naturales de aquel país
del norte vieron llegar al principio también
a anglosajones en su mayoría con su inmigración,
y cuando ella se diversificó luego,
todos cuidaron su responsabilidad de los controles
y del dominio de la cosa pública.
En Argentina en cambio se distendieron
los controles con un permisismo que
resultó adverso a nuestros intereses,
y con los años el desapego de muchos
y la actuación venal de representantes
que en realidad no representan genuinamente
la voluntad del pueblo, fueron corrompiendo
las instituciones de la democracia
y de los tres poderes instituidos en la Constitución
Nacional: el Poder Ejecutivo, el Legislativo
y el Judicial.
Así
conocimos los habitantes de la Argentina los
derrocamientos de los poderes, los gobiernos
de facto, y lamentablemente en varias oportunidades
el odio de la lucha fraticida.
¿Cuáles
fueron las consecuencias de tales despropósitos?
Pues
atraso evidente de una paz social que había
sido lograda por una generación patriota
y visionaria, la que llevaba adelante un proyecto
de país con futuro despejado y cierto,
una disgregación en los intereses y valores
de muchos ciudadanos, falta de fe y credibilidad
entre nuestros connacionales y quienes en el
mundo estaban o están relacionados con
nosotros, y el descrédito hacia nuestra
palabra y comportamiento futuro por parte de
aquellos organismos de crédito internacional
a los que prácticamente todos los países
del mundo deben recurrir por capitales, lo que
nos cerró como decía el Ministro
Roberto Lavagna esas fuentes, durante la década
“desperdiciada” de 1990.
Ahora
bien, luego de considerar lo consignado y pese
a la abrumadora deuda interna y externa que
tenemos, ¿Argentina últimamente
ha mejorado su posición, y en caso afirmativo
en qué términos o conceptos?
Por
lo pronto, finalmente hemos reconocido errores
que resultaban agraviantes a los ojos de los
entes prestamistas y a la opinión pública
internacional.
El cerrado aplauso que coronó la declaración
del default hacia la deuda externa argentina
por parte del Presidente por una semana Adolfo
Rodríguez Saa, hoy tiene un desenlace
mucho más ajustado a una práctica
venerada por los países serios: ser respetuosos
de los compromisos adquiridos y honrar las deudas.
Que
es cierto que se esperó bastante tiempo
para decidirlo y no ha sido en los términos
de inclusión y plazo –ni tampoco
ofreciendo hacerlo en la moneda en que se prestó-
por parte de los argentinos a quienes los sorprendió
la medida intempestiva del llamado “corralito”
o “corralón” financiero,
como también por parte del ente internacional
financiero y de aquellos adquirentes extranjeros
de bonos argentinos incorrectamente aconsejados
o no por entidades bancarias que los operaban,
no es óbice como para no reconocer que
la operatoria en que se terminó cerrando
un acuerdo es novedosa en cuanto al criterio
de preservar antes al desarrollo argentino,
y en que aunque a presión hasta ahora
intransigente, se obtuvo finalmente una quita
sobre la deuda muy por encima de las que hayan
logrado otros países en dificultades.
¿Qué
fue lo que permitió este guarismo tan
exitoso?
El
que indudablemente el país está
recuperándose de su estancamiento industrial,
se han reinstalado fuentes de trabajo, se ha
incrementado la ocupación en blanco o
en negro de muchos habitantes, el consumo interno
creció, hay mayor disponibilidad de dinero
en la gente lo que permite el retorno del crédito
y las compras, aumentó la exportación
especialmente de cultivos y productos del campo
tornándolo el eje del despegue operado,
y se incrementó el turismo extranjero
como fuente de divisas, lo que indudablemente
tonifica la economía y la determinación
al menos nacional, de las inversiones de capital.
Ello
no obstante, nos falta aún el gran capital
extranjero que llegue en cantidad apreciable,
pero para ello habrá que cumplir otros
objetivos que decidan a los inversores además
de planes sociales y educativos necesarios para
salir de la pobreza e indigencia.